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LA PLANTA DEL DESPACHO OVAL

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LA PLANTA DEL DESPACHO OVAL

HORROR Y TERROR, MUERTE y destrucción, ¿qué hacemos para protegernos de tanta mala noticia? Obviamente la culpa no la tienen los noticiarios sino el mundo, que está fatal, pero en cualquier caso: la avalancha de nuevas pavorosas y qué hacer al respecto desde nuestro cada vez más impotente statu quo es una idea que se repite en este número. El actor Hugo Silva le habla a Iñigo López Palacios sobre su derecho a estar menos informado en la estupenda entrevista de la página 78. Carlos Primo menciona en su columna la idea de burbuja amable (básicamente, evadirte del mundo recurriendo a las cosas que te dan gustito). Y yo mismo he llegado en esta carta a una triste conclusión: pídete ese vino porque ni las plantas de la Casa Blanca están seguras. Esto lo pensé leyendo sobre la pobre enredadera sueca de la chimenea del Salón Oval, que en las últimas imágenes de las reuniones que Trump ha mantenido con sus congéneres ha sido sustituida por una fila de estatuillas doradas que, según dicen, podrían ser ¡trofeos de golf! Para los que, como yo, no controlen mucho de plantas, la enredadera sueca —swedish ivy en inglés, Plectranthus verticillatus en su nombre científico— es la planta del dinero, y la cuestión saltó en marzo a la prensa porque este ejemplar en concreto fue un regalo que el embajador irlandés en EE UU hizo al presidente Kennedy en 1961. Desde entonces, la planta ha sido testigo de reuniones entre Reagan y Gorbachov y cenas íntimas del matrimonio Carter; aparece en el retrato oficial de Clinton e incluso presidió, en su encarnación más frondosa, el encuentro en el que Trump y Biden hicieron el traspaso de poderes. Para colmo la planta, que tiene su propia cuenta de Instagram (@ovalofficeivy), forma parte de una bonita tradición: los empleados de la Casa Blanca regalan esquejes a visitantes, becarios y otros afortunados ciudadanos, y les invitan a que hagan lo propio con sus amigos y conocidos. “Así, la planta se diseminaría de unos a otros, un símbolo de la conexión entre el gobierno y sus electores”, contaba la periodista Gabriela Riccardi en un artículo de Quartz hace dos años. Total, que qué crueldad acabar con una planta tan humilde y a la vez con tanto pedigrí. Fue un lector del Washington Post llamado Thomas M. Sneeringer quien se dio cuenta de su ausencia cuando dicho periódico publicó una imagen de la reunión que Trump mantuvo con Netanyahu el 4 de febrero. Otro lector, Jamie Kirkpatrick, lo notó al ver las fotos de la vergonzosa entrevista televisada que Trump y su vicepresidente, Vance, tuvieron con Zelenski el 28 de ese mes. Una semana más tarde, la revista independiente Mother Jones publicó una completa pieza al respecto: La planta más famosa del país ha desaparecido. ¿Qué ha hecho Trump con ella?, se titulaba. El asunto llegó a los foros: “¿Habrá muerto de inanición o estará en una maceta dorada en Mar-a-Lago?”, preguntaba un usuario de Reddit. Quienes nos enteramos de esta polémica politicobotánica sacudimos la cabeza en gesto de pasmo y desesperanza. ¿Acaso quedaba algo, por pequeño que fuera, a lo que Trump no estuviera dispuesto? El presidente permanece incontestado en la política nacional. En nuestro reportaje de portada, el mismísimo Robert De Niro —que hizo campaña por Kamala Harris el año pasado— prefiere no hablar de él. Y lo entiendo, le pilla demasiado cerca y prefiere concentrarse en su hija de dos años. El problema de apearse de la información y del comentario de actualidad es que te pierdes los giros de aquella noticia que te escandalizó. A veces, para enterarte basta con terminar de leerla: en la pieza de Mother Jones se sugería que nadie había confirmado que la planta fuera regalo de aquel embajador irlandés, por mucho que fuera de la época de Kennedy. Duda que ha sido corroborada en informaciones sucesivas. Pero lo mejor es que —y yo mismo no me habría enterado si no hubiera tenido que refrescar mi documentación para esta carta— resulta que, según contaba el Washington Post el 18 de marzo, a la planta no le ha pasado nada. Simplemente, ha sido víctima de un vaivén decorativo. Está a salvo en un invernadero de la Casa Blanca, junto a otras que van rotando de repisa en repisa. Y no, las estatuillas doradas no son trofeos de golf sino piezas de principios del siglo XIX de la colección de la Casa Blanca que son más del gusto de Trump. Ya saben, oro y tal. ¡Lo que no sé es si nada de esto me resulta esperanzador!. Seguir leyendo

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