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JAVIER VELAZA

El Cultural

JAVIER VELAZA

APlatón le costó hablar con Gorgias. Sus diálogos se encienden entre el temor y el temblor. Gorgias vivió tal vez 108 años y engrandeció la filosofía sofista. Discípulo de Empédocles y de Tisias, se familiarizó con el pensamiento de Parménides y Zenón de Elea hasta desarrollar el entendimiento de la vida, a través de la retórica, en su ensayo Sobre la naturaleza o Sobre el no-ser. Para Gorgias nada existe y si algo existiera sería incognoscible. Aún más: si algo existiera y fuera cognoscible sería incomunicable. Dos mil quinientos años después, tras los mil vaivenes del pensamiento metafísico, Sartre escribió El ser y la nada.Y nuestro José Hierro se expresó en un soneto magistral, que se recitará dentro de dos siglos como hoy se hace con el Amor constante después de la muerte de Quevedo. Después de todo, todo ha sido nada, escribió Hierro, que murió abrazado a su columna de oxígeno, “después de tanto todo para nada”. Luis Buñuel coincidió con él: “La única dignidad es la nada. Viva el olvido”. Alberto Camus reaccionó contra Sartre, como centenares de filósofos contra Gorgias. Llega a mi mesa de trabajo Las ignorancias de Javier Velaza, último Premio Loewe de Poesía, que enlaza expresamente con Gorgias y condensa en versos profundos la idea de que nada existe y si existe no se puede conocer y si existe y se puede conocer no se puede comunicar, lo que arrolla dos milenios de dioses desaprensivos y de despiadados poetas para desescombrar el pensamiento profundo del nihilismo. Para Velaza, los dos estamos juntos –el poeta y el lector– en el instante de una nada imposible sin antes ni después. Vivir es aprender a dibujar sobre el mapa del alma las espumas del tiempo que vendrán, cuando el amor explore su imprecisa finitud. Acompasado por el “pueblo pez”, por los nueve hermosos telquines de su formidable cultura clásica, Javier Velaza sostiene poéticamente que nada existe y que por eso es insuperable la fuerza de los débiles y los ignorantes. Aspira el poeta a que alguien sea capaz de construir una maravillosa casa vieja y cita a Vitruvio y el primer principio de la arquitectura. Cede entonces Velaza a la realidad fugaz del rostro de la amada y escribe: “Sólo entonces, una milmillonésima de segundo, o menos aún, el rostro se ilumina, diamantándose, titila, se transmuta y “se convierte en la única razón de todo lo existente y lo existido, en la causa inicial del universo, del movimiento actual y de la génesis de la vida...”. Regresa enseguida el poeta a la idea liminar de Gorgias y piensa que no hay más que una sola noche insomne porque al hombre sólo se le otorgó una ciencia: la de saber una cosa, que no sabe nada, que no sabrá nada, que no es posible saber. Piensa el poeta que, de todas las maneras de ignorar, la más digna es el amor: “Quien sabe amar –escribe en un bello verso– jamás amó saber”. Adora el poeta al dios de la ignorancia y le dice a la amada: “Cuando todo calla, aúlla tu silencio”. El seísmo impío de los tiempos convierte todo en escombros y el poeta recuerda los labios abiertos de Lisboa, la ciudad triste de puro bella, que no se cura ni por el fado muerto. Vuelve entonces al mundo de los ignorantes que acogieron vivir en soledad y que no saben todavía adónde van a ir. “Tal vez no sea tarde para quemar la Eneida”, escribe. Se refiere Velaza a un fresco de Pompeya en el que se plasma el ideal erótico de Safo, aprendido en los versos de un cantor épico de la antigua Grecia, de un aedo de Mikonos que se basa en las ánforas fenicias y le dice a la amada lejana y sola: “No dejes que te enseñen cómo amar, desobedece a Ovidio”. Regresa el poeta a Gorgias, a su última idea de que si algo existiera y fuera cognoscible sería incomunicable. El maestro no puede enseñar todo lo que jamás podrá saberse, la belleza que anida dentro de la ignorancia. Considera que la forma más piadosa de la poesía son las matemáticas y que hay un lugar que convoca a la amada ilesa: el estrago del tiempo y su desahucio. Porque en la cámara oscura de la mente alienta la luz prodigiosa del amor. Seguir leyendo

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